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    Columnas

    23.octubre.2026

    CAMBIANDO DE TRAJE

    Hace cuatro años estuve trabajando con una empresa que tenía como actividad principal la pintura electrostática. Acababan de rentar otra bodega por que habían hecho una inversión en su primera línea automatizada y estaban a punto de arrancar la operación, mientras seguían operando la línea manual.

    La empresa que yo conocí era la evolución de un emprendimiento que había iniciado hace más de treinta años, cuando don Jorge empezó a fabricar reguladores de energía. En la época donde las computadoras empezaban a ser parte de la indumentaria cotidiana de las empresas. Mismas empresas que en aquellos años estaban descubriendo que la calidad energética no era la adecuada para la sensibilidad de los equipos electrónicos. Y que los reguladores no eran opcionales.

    La calidad energética no ha cambiado, pero las computadoras sí evolucionaron; al menos las portátiles. Además de haber sido uno de los primeros sectores que sintieron en carne propia lo duro de la competencia china; el negocio de los reguladores fue transformándose con el paso del tiempo.

    Desde los inicios don Jorge fue formalizando y estructurando los diferentes procesos y departamentos que una empresa debe de tener. Con el tiempo se dio cuenta que con la infraestructura que había creado para pintar sus productos había creado también una plataforma para ofrecer el servicio a otras empresas que necesitan pintar metales. Y a los pocos años de haber iniciado el negocio de los transformadores, diversificó su cartera con la pintura electrostática.

    Cuando los visité por primera vez me encontré a don Jorge con uno de esos trajes de cuerpo completo y con careta puesta. Estaba sacando una estructura de la cabina de pintura y pasándola al horno. “Mi jefe es de los que se ponen la camiseta” me dijo Rubén, su hijo, quien me había recibido “faltó uno de los pintores y se metió a sacar la chamba”.

    Le comenté que algo muy loable, incluso inspirador… hasta que me di cuenta que era una actividad recurrente. Tanto que en todas las siguientes visitas lo encontraba ahí metido. Después de varias semanas, cuando ya conocía más a detalle la operación le comenté que era el pintor mejor pagado de toda Regiolandia. Pensó que estaba bromeando, por que según él no tenía salario.

    Cuando hicimos una corrida financiera, revisamos un detalle que no le había puesto atención. Obviamente todos sus gastos personales eran cubiertos por la empresa, pero no había visto que esos gastos representan el salario más alto de toda la organización. Lo cual lo tenía bien merecido, solo que nunca lo había visualizado.

    Durante más de treinta años había aprendido a delegar buena parte de la operación de la empresa. Los procesos estaban bien definidos, el área comercial tenía una forma clara de trabajar y no se diga la administración. Podría decirse que la empresa operaba con una autonomía que no requería que don Jorge estuviera detrás de cada decisión.

    No necesitaban preguntarle para comprar papelería, contratar a una persona o mandar una cotización. Había responsables, procesos y criterios suficientemente claros para que muchas cosas sucedieran sin él.

    Quizá porque, como él mismo reconocía, muchas de esas actividades le aburrían y en su momento les dedico el tiempo suficiente para estructurarlas bien. Pero con la pintura era diferente.

    Ahí estaba el negocio que había descubierto casi por accidente y que con los años se había convertido en una de las principales actividades de la empresa.

    Conocía los equipos, los materiales, los tipos de pintura, los hornos, los tiempos de cada proceso y los pequeños detalles que hacen la diferencia entre una pieza bien pintada y una que tendrá que regresar a retrabajo.

    Y, sobre todo, le gustaba.

    Por eso no era extraño encontrarlo con el traje puesto, entrando y saliendo de la cabina o resolviendo algún problema de producción. No estaba ahí porque nadie más pudiera hacerlo. Estaba ahí porque quería hacerlo. Solo que no se daba cuenta de como estas intervenciones afectaban a la empresa.

    Cada vez que faltaba un pintor y don Jorge gustoso se ponía el traje para sacar la producción, la empresa resolvía un problema inmediato. Cumplía el programa, evitaba un retraso y probablemente hasta se ahorraba unas horas extras.

    Operativamente parecía una buena decisión. Financieramente era discutible. Pero estratégicamente era una mala desición. Porque mientras don Jorge estaba dentro de la cabina de pintura, la empresa tenía a un excelente pintor pero perdía temporalmente a su dueño.

    Y esas horas eran las más caras de la empresa, porque la expansión del negocio no solo necesitaba pintores, sino quién definiera las nuevas estrategias para desarrollar la capacidad necesaria para atender un volumen mayor. La situación requería que don Jorge colgara el traje de pintor y se pusiera el traje de director…

    A veces crecer duele porque nos obliga a soltar las tareas que nos dieron éxito en el pasado. Sin embargo, la evolución de un negocio exige que el talento más caro y capaz de la organización deje de tapar los huecos del presente para dedicarse a diseñar el futuro.

    Una empresa solo se transforma cuando su dueño acepta transformarse primero.

    El autor es consultor en estrategia y excelencia operativa, conferencista y autor de Habilidades Híbridas, un libro sobre las capacidades que necesitamos desarrollar para conectar personas, procesos y tecnología en organizaciones que no dejan de cambiar.

     

     
     
     

     

    POR CÉSAR GONZÁLEZ ESPECIALISTA EN EXCELENCIA OPERATIVA